Virus

Publicado el 13 de abril, 2020

Carlos está acariciando, nuevamente, la pantalla de su celular con su pulgar derecho. Ya perdió la cuenta de las veces que lo ha revisado este día —así como perdió la cuenta de los días que ha pasado en cuarentena— pero, ¿Qué otra cosa pudo haber hecho durante su "día libre"? Pero aún, ¿Qué otra cosa hubiera querido hacer bajo la ola de calor que cubre al pulgar de América? 

Un meme tras otro desfila bajo su dedo y bajo su mirada. Algunos le hacen sonreír y hasta soplar por la nariz, mientras que otros lo hacen frotar su frente con los dedos más largos de su mano. Le recuerdan por qué no está revisando sus redes sociales, sino utilizando una aplicación propia para ver y compartir memes. Hace quién sabe cuánto, decidió que ya estaba harto de las redes, de ver noticias falsas, de leer sobre políticos cuestionándose mutuamente, de ver publicaciones que esparcían y contaminaban de los otros virus que rondan en el mundo actualmente… el temor y la desinformación.

Como muchas personas en el mundo —si no es que TODAS las personas del mundo—, Carlos quiere que las cuarentenas terminen de una vez. Quiere poder regresar al trabajo, regresar a la universidad, quiere poder salir tranquilamente aunque sea a Metroncentro. No son solo las redes sociales lo que lo tienen harto, es el encierro, la monotonía, los protocolos para poder salir y entrar a su propia casa, el tener que—

“Hijo,” llama su mamá desde la cocina.

El tener que ser el designado de la familia.

“¿Ajá?,” contesta Carlos y bloquea su teléfono. Sabe de qué es hora.

“Andá compra el pan a la tienda. Ahí hay pisto por el tele. Dos coras comprá.”

“Voy, mamá.” Carlos contesta con una amabilidad que no siente en este momento. Pero ya pasaron por todo esto con su madre, con su padre y su hermano. Ya pasaron por las discusiones bobas y rutinarias, esos breves alivios al hostigamiento causado por la cuarentena. Pasaron por todo eso hace mucho, en las primeras semanas, y sin decirse una sola palabra, acordaron no discutir así más.

“Si hay queso duro, traete un dólar también,” grita la madre mientras él se pone los zapatos que no están autorizados a pasar del garaje.

Sale de su casa y cruza a la izquierda. La oscuridad de la noche ya había llegado al pasaje pero no la frescura. Comienza a contar con sus manos el dinero que lleva, pues solo lo tomó al salir. Pasa al lado de algún vecino y este lo saluda; Carlos, sin perder la vista de las monedas, le devuelve el “buenas noches”. Siente que es de mala educación y voltea a ver al vecino con una sonrisa plana la cual desaparece instantáneamente. Las monedas escapan de las manos de Carlos pero a él no le importa. Está asustado. Está asustado por ver las escamas negras sobre el rostro de Don Miguel y los rojos y blancos que le miran fijamente. Don Miguel da lentamente un paso hacia Carlos pero este da muchos pasos rápidos de regreso a su casa. Golpea el portón y los perros de los vecinos comienzan a ladrar. Gritos de algunos vecinos se unen a la orquesta de ruidos.

El papá de Carlos abre la puerta con una mirada de temor y enojo a la vez, con una mirada negra y blanca. Una mirada que le recuerda a Carlos cómo evolucionó el virus a finales del 2020.

“Se me olvidó el dinero,” miente Carlos, apenado.

Tags: Virus, Miedo, Terror

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© Roberto Martínez, 2020