Una última vez

Publicado el 07 de abril, 2018

La primera tormenta del invierno los tomó por sorpresa. A ambos.

Milton tenía mojados hasta los calcetines por el agua de la lluvia; dentro de él, sus huesos empapados de ira. Y es que frente a él, con cara de perro regañado y sumergido en vergüenza, estaba su Toyota Tercel del 92, aparentemente sin vida excepto por las intermitentes luces de cortesía. El vehículo no caminaría ni un metro más.

Milton lo observaba a través de la lluvia, deseando estar ya en casa. El Tercel, por su parte, solo observaba los demás carros pasar y deseaba, aunque fuera por última vez, poderlo llevar a casa.

No era la primera vez que se encontraban en esta situación. De hecho, ambos habían perdido ya la cuenta de las ocasiones en las que alguna maña —o un milagro— había traído de entre los muertos al viejo carro. Pero esta vez, nada parecía funcionar. Quizá, el tan temido día había llegado.

Y ambos lo sabían.

Y es después de tantos años de ser remendado, su cuerpo no funcionaba igual. Su cuerpo, ya no era igual.

Quisiera ser aquel carro que incluso le pitaba a los semáforos para que cambiaran de color. Quisiera ser aquel carro en el que Milton confió para aquellas salidas románticas, para esos viajes en familia y para tantas emergencias. Quisiera también poder durar un par de años más para que el hijo de Milton saliera a pasear en él… de forma legal. Pero lo que más anhelaba en esos momentos, era encenderse una vez más y llevar a Milton a casa, a salvo de la lluvia.

Milton entró a su vehículo, sacudiéndose antes la lluvia de su cabello y la ira de su interior. Una última vez, le habló suave, como al oído, al Tercel. Le dijo que era hora, hora de ir a casa.

Giró la llave una última vez. Sin mañas de por medio; sin antes pisar el acelerador frenéticamente o girar la llave en cierto ángulo por el falso eléctrico del llavín.

El carro, obedientemente, encendió por última vez y llevó a su viejo amigo a casa.

Tags: Último viaje, Carro, Esperanza

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© Roberto Martínez, 2018