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Publicado el 21 de abril, 2018

Bajé al sótano y, a pesar del desorden, sabía exactamente dónde buscar:
En la esquina más oscura y recóndita.

Seguía en su lugar, la caja más pesada y quizá más vieja de mi pequeña bodega ahí abajo. Esa caja donde suelo guardar cosas pero no suelo sacar nada.

Con gran esfuerzo, logré llevarla hasta abajo del único foco del sótano. Este era amarillo y recordé ahí que debía cambiarlo por uno blanco, de esos que ahorran energía.

Humedad en la base de la caja y polvo sobre su tapa.

Había algo que buscaba desde hacía tiempo y pensé que tal vez lo había guardado dentro de esa caja… O estaba ahí adentro, o lo había tirado quién sabe cuándo… así como suelo tirar tantas cosas.

Abrí la caja y eché un vistazo. No quería desordenar su contenido —más de lo que ya estaba— pero tuve que hacerlo porque no encontré a simple vista lo que buscaba.

Me di por vencido por breves momentos, pero sabía tenía que estar ahí. Si en serio no estaba dentro de esa caja que mi culpa tanto odia, significaba que realmente lo había botado.

Tapé de nuevo la caja y decidí entonces subirla a la casa para volver a buscar en ella otro día; más tranquilo, con más luz y con más aire fresco porque, sinceramente, en ese momento sentía un pequeño ataque de claustrofobia.

¿O era desesperación?

La caja pasó no sé cuánto tiempo sobre una mesa en el pasillo principal. Trataba de no pensar en ella para no hacerme presión a mí mismo de buscar aquello que tanto deseaba encontrar.

Pero sabía que necesitaba encontrarlo y pronto. Además, la caja estorbaba ahí. No soy el mejor decorador de interiores pero, claramente, no era agradable tenerla ahí, a la vista.

Decepcionado y, por qué no decirlo, molesto, decidí un día entonces volver a revisar la caja antes de devolverla al sótano.

Por culpa de los movimientos bruscos de mis manos, llenas de enojo, rompí un poco la tapa de la caja. Me hubiera molestado incluso más si no fuera porque, para mi sorpresa —y sospechas—, ¡Ahí estaba!

Casi encima de todo lo demás, como si se tratara de evidencia implantada para que yo lo viera tan pronto abriera la caja.

¿O será que simplemente no la vi cuando abrí la caja en el sótano?

No importaba.

Lo importante en ese momento era, para mí, haberlo encontrado. Y digo para mí porque, irónicamente, era el egoísmo. Una idea sencilla de enterner por uno mismo, pero difícil de explicar a los demás. Una idea transformadora o evolutiva que cambió mis ojos y piel.

Tomé esa idea en mi mano derecha porque la izquierda está muy cerca del corazón y luego traté de cerrar la caja pero no cerró bien por lo roto.

Como pude, bajé de nuevo la caja al sótano y la coloqué en su esquina. Ya no me estorbaría arriba, en la casa, y ya no debía preocuparme por ella.

Solo debía preocuparme por qué hacer con la idea.

Tags: Desiciones, Egoismo, Escritos, Microcuento

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© Roberto Martínez, 2018